Rodolfo Petirrojo. Bichitos curiosos

A pesar de que la nieve y el frío encrespaban su plumaje, Rodolfo mostraba al cielo su pecho rojo y cantaba ante la ventana donde una mano amiga dejaba cada mañana unas miguitas de pan para los pájaros. Cuando acababa su canción se acercaba enseguida y picoteaba las migas que le habían dejado. Pero aquella mañana no había migas; los espabilados gorriones se las habían ventilado. Y así sucedió día tras día, hasta que Rodolfo fastidiado no tuvo más remedio que huir.

Más detalles

Se recorrió todo el jardín, pero en ninguna parte encontraba algo de comida, hasta que se encontró una ratoncita sentada debajo de un árbol muerta de frío. Ésta se había perdido y Rodolfo decidió ayudarla. Entonces la ratoncita se subió sobre la espalda de Rodolfo y volando los dos consiguieron dar con la su casa. En agradecimiento, la ratoncita le entregó una caja llena de migas. Y a partir de este momento la ratoncita se aseguró que a Rodolfo nunca le faltara comida.

 

Los Bichitos Curiosos pueblan un mágico jardín creado por Antoon Krings. Cada bichito nos llevará a vivir una divertida aventura en su afán por descubrir el mundo, aprender a convivir y ser solidarios con los demás o simplemente reírnos de sus peripecias. Las historias son cortas, ideales para niños que empiezan a leer, y las ilustraciones, llenas de color, son sugerentes y atractivas para los más pequeños.

 

Autor

 

Antoon Krings, ilustrador, pintor y escritor, crea una obra original y de gran riqueza gracias a la innegable personalidad de las ilustraciones y a la estructura de los relatos. Nacido en Francia en 1962, cursó artes gráficas en ESAG y diseñó las ilustraciones textiles para Ungaro. Más tarde se consagró a la escritura e ilustración infantil, y obtuvo en 1994 la mención especial del Premio Gráfico en la Feria de Bologna.

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Rodolfo Petirrojo. Bichitos curiosos

Rodolfo Petirrojo. Bichitos curiosos

A pesar de que la nieve y el frío encrespaban su plumaje, Rodolfo mostraba al cielo su pecho rojo y cantaba ante la ventana donde una mano amiga dejaba cada mañana unas miguitas de pan para los pájaros. Cuando acababa su canción se acercaba enseguida y picoteaba las migas que le habían dejado. Pero aquella mañana no había migas; los espabilados gorriones se las habían ventilado. Y así sucedió día tras día, hasta que Rodolfo fastidiado no tuvo más remedio que huir.

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